Aunque nunca hablé de esto antes, hace unos años tengo la sospecha de que hay un integrante de nuestro Grupo que siempre ha permanecido oculto. Esta idea no proviene de alguna derivación etílica como las que tiene la Flaka los viernes en esa taberna de mala muerte a la que va por unas cañas. Por primera vez, voy a compartir aquí el porqué de esas sospechas.
Hace unos años, algunos de nosotros fuimos a uno de los aniversarios del Mariano Etchegaray. La principal actividad en tales eventos es reencontrarnos con gente que hace años que no vemos, para constatar la presencia de panzas, peladas y anteojos en lugares en los que no los habíamos visto antes (siempre y cuando tengamos la suerte de identificar a nuestro interlocutor). Todavía no he visto audífonos o dientes postizos. Ya vendrán.
Tarde o temprano, resulta inevitable el ataque de la nostalgia, y suelen formarse lamentables bandas de viejos ex-alumnos, que recorren los lugares en los que supuestamente vivieron tan felices momentos compartidos.
Lejos de permanecer ajeno, hallábame yo como partícipe, en compañia de Darfés, Albizos y Silvestris varios, cuando llamó mi atención un viejo banco que estaba arrumbado a un costado, en un corredor del Gimnasio.
Quedaba poco del noble mueble, después del paso de hordas de alumnos armados con biromes, compases y algún que otro cortaplumas (eran las armas de aquella época, Lili dice que las de ahora son mas letales).
Comencé a repasar las inscripciones de la tabla, tratando de evocar qué sentimientos podían haber albergado esos cronistas adolescentes. Después de tantos años, había ejemplos para casi toda forma de expresión humana:
La denuncia discriminatoria: "Martínez se la come...c`est ton fiancée?"
El agravio: "Lombardo puta"
La celebración del amor naciente, quizás un poco obvia: "Lili y Tony", enmarcado en un corazón, con una flechita.
La simple reafirmación del yo: "Adriana" (ocho veces).
Hasta los poquísimos lugares sin inscripciones me hablaban de los "legales" de siempre, que nos habíamos abstenido, incapaces de dañar un bien escolar.
Estaba casi dejando el lugar, cuando vi una inscripción borroneada en una esquina. Al principio me costaba leerla y cuando pude hacerlo, un repentino escalofrío recorrió mi espalda: Decía: "Grupo GAPDOS".
Sin saber bien por qué, me aleje rápidamente de aquel banco, con la cabeza explotándome. En estos casos, la mente trata de hallar explicaciones para que el mundo vuelva a tener sentido. La única que pude darme para tratar de tranquilizarme era que tal vez, en la génesis del nombre "GADOS", había habido intentos previos, sacando y agregando letras. Tal vez el nombre original incluía todas nuestras iniciales, algo así como: SALGOVLEPPOSCADPDOSCGGMJ, y decidimos acortarlo porque nos complicaba el escudito. Así, esa P habría sido la última letra en ser eliminada. Tal vez, uno de nosotros, creyendo que era el nombre definitivo, o para ver cómo se veía, lo dejó escrito en el aquél banco.
Igual no me cerraba del todo, porque las opciones para esa P eran Pita (no podía ser, porque eran iniciales de varones), o Pedro, o yo. Teniendo en cuenta que se habían elegido a los jóvenes más pintones (guapos, dice la Flaka) para representarnos, era improbable que el Chino o yo hubiéramos llegado tan lejos. Mas allá del plus que siempre representó para Pedro ser un excelente bailarín, ambos hemos tenido que articular nuestras estrategias de seducción apoyándonos en nuestra comprensión del alma femenina, nuestra capacidad de escuchar activamente, ser tiernos, afectuosos, maduros y otras boludeces que aparecen en Para Ti en notas como: "Qué exigir si tu hombre es un bagarto".
De todos modos mi necesidad de no alterar el orden establecido se impuso a mis dudas. Acepté la hipótesis anterior y recuperé un poco mi compostura. Seguí encontrándome con más gente de aquellos tiempos, charlando de de recuerdos tan lejanos que parecían de otra persona, hasta que llegó el momento de irse. Antes de salir, tuve el impulso de dar un último vistazo a aquel banco.
Al llegar al lugar, recibí la terrible sorpresa que aquella noche todavía reservaba para mí: el banco aún estaba allí, pero en el lugar que ocupaba la inscripción, un navajazo exponía madera nueva de cedro, de color rojizo claro, que contrastaba con la oscura pátina de las décadas.
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